La creatividad nunca había parecido tan viva. Nunca hubo tanta gente haciendo fotos, grabando vídeos, editando imágenes o produciendo contenido cada día. Cualquier persona con un móvil puede construir una audiencia, desarrollar una estética o contar algo visualmente en cuestión de minutos. A simple vista, podría parecer el mejor momento de la historia para crear.
Pero al mismo tiempo empieza a aparecer una sensación algo extraña. Cuanto más contenido producimos, más cuesta distinguir si estamos creando porque realmente tenemos algo que decir o simplemente porque las plataformas siempre necesitan algo nuevo mañana. Y entre una cosa y otra hay una diferencia bastante más grande de la que parece.

Nunca se hicieron tantas imágenes. Nunca hubo tanta presión por seguir creando
La figura del creador contemporáneo vive dentro de una contradicción bastante clara. Por un lado, nunca había existido tanta libertad para publicar una serie fotográfica, grabar un vídeo, experimentar con una estética propia o construir una audiencia sin depender de medios tradicionales, galerías o grandes estructuras culturales. Hoy cualquiera puede crear, enseñar su trabajo y encontrar una comunidad alrededor de lo que hace.
Pero esa libertad viene acompañada de una presión constante por mantener el ritmo. Las plataformas premian la actividad continua, la presencia frecuente y la capacidad de no desaparecer del flujo diario de contenido. El creador ya no solo piensa en lo que quiere contar, sino también en cuándo publicar, cuánto tardará en perder visibilidad y qué ocurrirá si deja de alimentar esa conversación durante unos días.
Ahí empieza la tensión. La creatividad deja de parecer únicamente un acto de expresión y empieza a acercarse a una lógica de producción permanente. No siempre se crea porque haya una idea madura, una historia que contar o una imagen que necesite existir. Muchas veces se crea porque toca publicar, porque el sistema lo exige y porque el silencio, en internet, empieza a parecer una forma de desaparición.
El algoritmo no pide creatividad. Pide constancia
Las plataformas no viven de mejores fotos, mejores vídeos o ideas más brillantes. Viven de que no dejemos de publicar. TikTok, Instagram, YouTube o LinkedIn necesitan movimiento constante, contenido nuevo todo el rato y creadores que sigan alimentando la rueda para que la atención no se detenga nunca. Al final, la sensación es bastante simple: si paras demasiado, desapareces.
Y eso acaba cambiando cómo se crea, aunque muchas veces ni nos demos cuenta. De repente ya no piensas solo en la imagen, el vídeo o la idea que quieres contar. También aparece esa vocecilla preguntando si funcionará, si la gente se quedará mirando o si pasará desapercibido en medio del ruido. Poco a poco, algunas decisiones empiezan a tomarse pensando no solo en lo que quieres hacer, sino en lo que tiene más posibilidades de sobrevivir ahí fuera.

La fotografía también se está adaptando al scroll
Durante años, una buena fotografía tenía algo de permanencia. Había imágenes a las que volvías, que se te quedaban en la cabeza o que terminaban teniendo un lugar raro en la memoria aunque no supieras muy bien por qué. No todo era inmediato ni estaba pensado para consumirse a la velocidad con la que hoy movemos el dedo por una pantalla.
Ahora muchas imágenes parecen hechas para sobrevivir apenas un par de segundos dentro del scroll. Encuadres más rápidos, colores que llaman más la atención y fotografías pensadas para frenar el dedo antes que para quedarse en la memoria. Y no pasa solo en redes: campañas, moda, publicidad o incluso parte de la fotografía editorial empiezan a parecerse cada vez más a los códigos visuales que nacen en internet.
¿Estamos creando para personas o para métricas?
Crear para una audiencia no tiene nada de malo. El problema aparece cuando, casi sin darnos cuenta, dejamos de pensar en las personas y empezamos a pensar demasiado en números. Likes, visualizaciones, retención o engagement empiezan a colarse en decisiones que antes nacían de otro sitio. Ya no solo importa qué quieres contar, también si eso tendrá recorrido, si enganchará o si desaparecerá enterrado entre miles de publicaciones más.
Y tampoco se trata de demonizar internet ni ponerse nostálgico. Muchísima gente vive gracias a estas plataformas, aprende, encuentra trabajo o construye comunidad en ellas. La pregunta es otra, y quizá bastante más incómoda: ¿seguimos haciendo imágenes porque tenemos algo que decir o, poco a poco, estamos empezando a producir exactamente aquello que las plataformas necesitan que produzcamos?