La generación que ya no quiere tener una cámara. Quiere vivir algo con ella.

Hubo un tiempo en el que estrenar una cámara era casi un acontecimiento. Comparabas modelos durante semanas, ahorrabas todo lo que podías y el día que salías de la tienda con la caja bajo el brazo parecía que ya estaba todo hecho. Ahora tocaba hacer fotos.

Hoy la sensación es bastante distinta. Claro que seguimos comprando cámaras, objetivos o drones, pero cada vez cuesta más ilusionarse solo con el objeto. Lo que realmente apetece es salir a estrenarlo. Buscar un sitio nuevo, apuntarse a un photowalk, hacer un viaje o compartir la mañana con gente que habla el mismo idioma visual que tú. La cámara ya no es el plan. Es la excusa para vivirlo.

Ya no queremos acumular cosas. Queremos acumular historias y experiencias 

Fíjate en cómo gastamos el dinero. Cada vez hay más gente que prefiere invertir en un concierto, una escapada de fin de semana o un festival antes que en otro trasto para casa. No es que las cosas hayan dejado de importar, pero cuesta mucho competir con un recuerdo que sabes que vas a seguir contando dentro de unos años.

Con la fotografía pasa exactamente igual. Puedes comprarte la mejor cámara del mercado y dejarla tres meses en la mochila. O puedes salir un sábado cualquiera con un grupo de desconocidos, acabar descubriendo un barrio que nunca habías pisado y volver a casa con una tarjeta llena de fotos y un par de amigos nuevos. Al cabo de unos años probablemente recordarás mucho mejor ese día que el modelo exacto de la cámara que llevabas colgada al cuello.

UNA IDEA PARA LLEVARTE

¿Qué recordarás dentro de cinco años?

Haz la prueba. Piensa en la última cámara que compraste. Ahora piensa en el último viaje, taller o photowalk que hiciste. ¿Qué recuerdas con más facilidad?

Las cámaras cambian.
Las experiencias se quedan.

Quizá por eso los eventos que más recordamos no son aquellos donde vimos más productos, sino aquellos donde conocimos gente, aprendimos algo nuevo o volvimos a casa con ganas de salir a hacer fotos.

Las marcas hace tiempo que dejaron de vender solo cámaras.

Si te fijas, las marcas ya no hablan únicamente de megapíxeles, ráfagas o enfoque automático. Siguen haciéndolo, claro, porque venden cámaras. Pero cada vez dedican más esfuerzo a crear comunidad. Organizan talleres, viajes, presentaciones, concursos, encuentros con fotógrafos o experiencias donde el producto casi pasa a un segundo plano.

Nadie recuerda una ficha técnica de memoria. En cambio, es fácil acordarse de aquel taller donde probaste por primera vez un objetivo que llevabas meses mirando o del fotógrafo con el que pudiste charlar durante media hora después de una ponencia. Ahí es donde una marca deja de venderte un producto y empieza a formar parte de una experiencia.

Una feria ya no puede limitarse a enseñar productos.

Hace años bastaba con llenar un pabellón de stands para que la gente recorriera los pasillos durante horas. Hoy eso ya no alcanza. Si alguien puede ver la presentación de una cámara desde el sofá de su casa, tiene que haber un motivo muy bueno para coger un tren, reservar un hotel o pasar un fin de semana entero en un evento.

Ese motivo casi nunca está en una vitrina. Está en todo lo que ocurre alrededor. En probar un equipo antes de que llegue a las tiendas, escuchar a un creador al que llevas años siguiendo, participar en un workshop, descubrir una exposición o simplemente terminar tomando un café con alguien a quien acabas de conocer y con quien ya estás organizando la siguiente salida de fotos.

HAY ALGO QUE NO SE PUEDE COMPRAR

Ninguna cámara viene con
historias incluidas.

Puedes comprar el último modelo del mercado, pero ninguna marca puede meter dentro de la caja el viaje que harás con ella, la persona que conocerás durante un photowalk o esa fotografía que terminará colgada en el salón de tu casa.

Las cámaras se fabrican en serie. Las experiencias no. Y quizá por eso son lo único que sigue aumentando de valor con el paso del tiempo.

El mejor accesorio para una cámara sigue siendo tener un buen motivo para salir a usarla.

Quizá el verdadero lujo sea que pasen cosas.

Vivimos en una época en la que casi todo puede hacerse desde una pantalla. Podemos comprar una cámara, aprender a usarla, ver cientos de vídeos sobre ella e incluso asistir a una presentación sin movernos de casa. Precisamente por eso, las experiencias que solo pueden vivirse en persona tienen hoy más valor que nunca.

Puede sonar paradójico, pero cuanto más digital se vuelve el mundo, más apetecen esos momentos que no caben en un vídeo de un minuto. Los que no puedes acelerar, repetir o ver en diferido. Al final, las cámaras seguirán evolucionando, aparecerán nuevos sensores y llegarán herramientas que hoy ni imaginamos. Pero lo que de verdad seguiremos recordando serán los lugares donde estuvimos, la gente que conocimos y las historias que vivimos gracias a ellas.